Arte & sabiduría

Anxo Rabuñal

Recuerdo una vez, en un muelle, un hombre desde un barco me echó un cabo a tierra para amarrar su bote. Yo no sabía si lo estaba haciendo bien, anudando el cabo, y él, mientras se ocupaba en desanudar otro cabo, me dijo: «tú dale vueltas». Y muchas veces es así. ¿No sabes? Tú dale vueltas.

Con las manos es igual. Cuántas veces no se arregla un aparato sólo con abrirlo y volver a cerrarlo, el reinicio. ¿Cómo se llama el juego ese de armar con un cordel una telaraña entre los dedos de las manos, y que el compañero recoje entre los suyos, y uno lo recupera de nuevo, y así seguido, y la telaraña va mudando de figura según pasa de manos?

Esta laboriosidad infinita de no parar quieto con las manos, de con ellas querer hacerlo todo, debe de ser algo propio de primates que mondan plátanos y se despiojan. Ocupación que funda una ética propia, una ética de artesano, no proletaria, ni burguesa, ni aristocrática. Una ética de lo laborioso, de aplicarse con las manos en pasar al compañero una figura que en sus manos va a ser otra. Arte.

Lezama Lima: «Mientras el hormiguero se agita —realidad, arte social, arte puro, pueblo, marfil y torre—, pregunta, responde, el Perugino se nos acerca silenciosamente y nos da la mejor solución: vé preparando la sopa, que mientras voy a pintar un ángel más».

(Hoy somos laboriosos artesanos de identidades. Pero esto es un paréntesis.)

Dicen que en la lengua griega antigua, «saber hacer» fue la primera idea de «saber». Según dice quien sabe, la primera aparición documentada de la palabra sophíes está en la Ilíada –canto XV, verso 412– y se refiere a la habilidad manual, la destreza, la capacidad de resolver algo eficientemente, saber cómo.

La gente de aquel tiempo se sirvió de la experiencia de sus oficios para pensar el mundo. De la práctica en el barro y las tinturas, el manejo del telar, armando cestos y naos, fragua y joyería, emergió un saber hacer de las manos inteligentes, un saber hacer que aun integraba todas las formas de hacer y de saber, formas que luego se fueron separando.

En aquel tiempo, quien sabía cómo, por fuerza tenía que saber qué. De ahí se fue pasando a reflexiones más generales sobre el mundo y la vida, en Mileto, cuando esas formas del pensamiento anónimo y manual dieron vez a los pensamientos del filósofo, autor intelectual.

El pensamiento brota en los labios, pero la sabiduría está en las manos.

Walter Benjamin contaba el consejo de un viejo cabalista que había conocido, quien decía que cuando se quiere hacer un cambio importante en la vida, «basta desplazar un poco esta taza, o este arbusto, o esta piedra, y así con todas las cosas». El pequeño cambio es la llave del gran cambio. Esto parece del I Ching, pero no.

Leí en la prensa como un tipo –Didier Decoin– explicaba su conversión al cristianismo, 40 años antes: «estaba lavándome los dientes, eran las diez de la noche. De repente, tuve la certeza de que había encontrado la prueba definitiva de la no existencia de Dios, y me dije, tengo que anotarlo inmediatamente en la libreta. Pero cuando iba a hacerlo caí de rodillas como si me alcanzara un rayo y la revelación fue la inversa, la certeza de que Dios existe, y que conservo hasta ahora».

Todo esto lavando los dientes, que como se sabe es una acción consistente en repetidos movimentos del cepillo contra los dientes. La repetición. El pequeño gesto. La dedicación. Tú dale vueltas. Un ángel más. Un leve desplazamiento. Una modificación. Repetición. Ata, corta, pega. Ata, corta, pega. Hasta que lo imperceptible se hace evidente.

crines pecte, dentesque fricabis:
et ita cerebrum, membraque iuvabis.

Mi amigo Ricardo Coral Dorado estudió cinematografía en Praga, en los años 80. Allá le explicaron en la escuela que cuando, en cine, uno hace una cosa una vez, entonces es un acierto; si la hace dos veces, es un error; y cuando la hace tres veces es ya una marca de estilo. El método checo: hazlo sólo una vez o, mejor, no dejes de hacerlo. El error ocupa el tiempo entre la excepción y la regla. Error, silencio, vacío.

Aquí estamos hablando de la dedicación, y de la espera que significa, aguardando como un labriego la cosecha de lo sembrado. Completar un paño, un bordado, la cocedura del barro. Codicia de diente que muerde el pan. Proceso científico de acumulación de ensayos repetidos siempre de igual manera, aguardando el exceso entrópico que espontaneamente mueve la taza de sitio, o el arbusto, o la piedra. Lo que se llama telequinesia. En ese momento emerge como una evidencia eso que era imperceptible, a veces en la forma de un error, otras como una deriva, o como una consecuencia numérica.

La trama y la urdimbre, metáforas de tradición psicoanalítica. Juan Rof Carballo, reconocido padre de la medicina psicosomática que naciera en Lugo en 1905, pensó mucho en esta metáfora creadora extraída del mundo de los telares, y formuló la Teoría de la Urdimbre. Mola.

Rof estableció ocho funciones para caracterizar la labor fundamental de la urdimbre: la función de amparo, la liberadora, la ordenadora, la esculturalizadora, la de mediadora con la realidad, la de ser confianza básica, la constitutiva de horizonte, y la integradora.

Se me ocurre que esto algo tiene que ver con lo de Pascal, con lo de que todas las desgracias vienen de no ser capaces de quedarnos tranquilamente sentados en soledad en un cuarto. Sin acierto, sin error, puntadas en la urdimbre.

Si intervenir en el mundo te ayuda a comprenderlo, quedarte en casa te ayuda a soportarlo.

Esta historia que vais a leer ahora aparece en un libro de Gershom Scholem, yo no lo leí, a mi la historia me la contó otro amigo artista, Isaac Pérez Vicente, y yo os la cuento a vosotros.

Cuando Baal Shem Tov, el fundador del hasidismo, tenía que afrontar un asunto difícil, iba a un lugar que él sabía en un bosque, prendía un fuego, pronunciaba unas oraciones, y se cumplía justo aquello que él quería.

Cuando una generación después el maguid de Mezeritch se encontró en igual situación, fue a ese mismo lugar en el bosque y dijo: «ya no sabemos las oraciones, pero podemos venir aquí y prender el fuego». Y todo ocurrió conforme tenía que ser.

Una generación después, el rabi Moshe Leib de Sasov se encontró en la misma situación, fue al bosque y dijo; «ya no recordamos las oraciones, no sabemos prender el fuego, pero conocemos el lugar en el bosque, y con eso ha de bastar». Y, en efecto, bastó.

Mas cuando, transcurrida otra generación, el rabi Israel de Rischin tuvo que afrontar la misma tarea, permaneció en el palacio, sentado en su trono dorado, y dijo: «no somos capaces de recitar las oraciones, no sabemos ya prender el fuego, y no conocemos siquiera el lugar en el bosque, pero aun podemos contar la historia, y con eso ha de bastar».

Y una vez más, con eso bastó.